Ella sufría por el desamor, no era fea, pero sí gorda, demasiado obesa para este país, para este continente, para este mundo, para su mundo, para ella misma.
Ella era gorda, la soledad y la angustia la llevaban a comer más y más, pero no alimentos nutritivos, sino masas y cosas grasosas que engullía casi sin mascar. Como que todo desaparecía por arte de magia a su alrededor y las únicas marcas de su asquerosa compulsión, quedaban estampadas en su ropa completamente chorreada de cientos de colores diferentes y en distintas tonalidades, de acuerdo a lo que hubiera engullido.
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