Cuando llegamos a Johannesburgo (también
conocido como Jo’burg), no me sentí en esa África de la que me había enamorado
hace un año y medio atrás. Era esa ciudad hostil de la que intenté alejarme,
sin darme cuenta. Esa ciudad donde, sin poder evitarlo, me sentía observada una
y otra vez, pero no de una manera agradecida. Era la mirada de un herido por el
Apartheid. Sin embargo, ese sentimiento dio un vuelco al llegar a Malamulele,
un pueblo a 7 horas en bus de Joburg. La mirada de los niños me volvió a
cautivar.
El día después de llegar,
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