De niño cuando me dolía una muela me llevaban con Ornelas. Ahí era donde empezaba el verdadero dolor, la tortura diría yo. El nunca pidió que le dijeran doctor, sobre todo porque apenas era técnico; ni siquiera odontólogo con carrera trunca, su oficio era fabricar piezas dentales.
Mi padre lo conoció siendo jóvenes y mi madre, quien desde niña sufre con su dentadura, le profesaban una gran devoción. Eso sí todas las piezas que nos fabricó –y coloco– parecieran eternas. Ajustaban a la primera, era un sastre de lujo, un orfebre especializado en muelas, incrustaciones, coronas y puentes.
Toda su
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