Gladys Nina Valencia
Aquella
mañana de octubre, el cielo estaba nublado, el astro rey escondido; los vientos
furiosos golpeaban los rostros morenos y a lo lejos se divisaba tornados de
humo.
Don
Esteban, un hombre humilde de pueblo se disponía a salir de su vivienda, tomó
apresuradamente su café con una marraqueta y se despidió de su familia rumbo a
la Ceja, lugar de concentración del pueblo alteño. Venían personas de todos los
puntos cardinales como abejas al panal, hombres, mujeres y jóvenes, rostros que
expresaban opresión y esperanza a la vez; no faltaron los petardos que
retumbaban
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