Cuando un tropiezo oscuro abrazo al continente y su lengua muda detuvo el cruzar de campanas y sus cenizas de otoño.
Una masa coronal de negros campos magnéticos formó la oscuridad rota por la fría carne del relámpago y en un suspiro amargo de tijeras inmovilizó su vuelo.
El alma en líquido cubrió el vertiginoso derrumbe a lo subterráneo, hacía el dolor del dolor que corre el tiempo y la vida.
Y desde entonces su fuerza de figuraciones volcánicas, la llama de oro, el faro electrónico de su corazón vestido de corolas, duerme en el trivial abismo de una trama
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