a los dormitorios ni a las aulas.
A la mayoría de los ciudadanos, por ejemplo, nos repugna el lucro en la educación: en el amor o en las caricias lo toleramos, porque son encuentros entre privados, pero el estado no puede promover el lucro en el sexo, en el cariño, la educación, en la maternidad o la paternidad.
El libre mercado no debiera entrar a los dormitorios.
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