Nada más horroroso
que al quejarnos y gritar con indignación “llame a su jefe!”, encontrarnos con
que aquel mequetrefe al que despreciamos era el primer escalafón de la
jerarquía.
Experiencia que puede
ser casi siniestra, en la medida en que pone en juego la enfermedad mortal del
neurótico: la caída del gran Otro que hacemos existir.
Esta operación es central
en nuestro drama existencial: nuestra falta de fundamento. No somos por nada y
para nada esencialmente. Carencia que nos lleva a buscar justificaciones,
pruebas de existencia; algo así como “nuestra misión”, el “estamos por algo”. Como si la existencia fuera
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