Duplicados
El timbre sonó rabioso. Cuando la señorita Parker se acercó
al tubo, una voz con un penetrante acento de Irlanda del Norte gritó furiosa:
-¡A Farrington que venga acá!
La señorita Parker regresó a su máquina, diciéndole a un
hombre que escribía en un escritorio:
-El señor Alleyne, que suba a verlo.
El hombre musitó un ¡Maldita sea! y echó atrás su silla para
levantarse. Cuando lo hizo se vio que era alto y fornido. Tenía una cara
colgante, de color vino tinto, con cejas y bigotes rubios: sus ojos,
ligeramente botados, tenían los blancos sucios. Levantó la tapa
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