De la escuela me fui raudo a la Capilla del Recuerdo, con la certeza que allí encontraría al señor Cura rezando los Maitenes o preparando su homilía dominical tan celebrada por los devotos parroquianos que frecuentemente abusaban de la bondadosa espiritualidad del clérigo y con un frenético “bis” “bis”, disimuladamente acompañados de silbidos impropios de ser lanzados en un lugar santo, le hacían repetir dos y hasta tres veces su prédica, algo totalmente insólito y fuera de todo protocolo litúrgico que no obstante era tolerado por la autoridad eclesiástica siempre y cuando los sermones fueran inéditos, salvo que se tratase
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