Había planeado mi salida de Barcelona hacia París haciendo escala en Perpignan, pueblo montañés de los Pirineos franceses.
Cerca de la una de la tarde, llovía intensamente en todo Cataluña y tal vez en toda Europa.
Caminé algunas calles con un inútil paraguas, que me habían regalado unos amigos, seguramente por no tirarlo. Desarmado e incomodo, jamás me protegió del agua, ni a mí, ni a mi mochila. Crucé la ronda San Antonio con la calle de La Duda próxima al Mercado del Santo casamentero y entré en el metro a salvo del diluvio y en el primer depósito de
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