Ocurre que cada vez estamos más resignados a que las ofertas de carteleras sean pobretonas en cuanto a contenidos y ambiciosas en cuanto a inversión cinematográfica.
El tema se vuelve más dramático aún (para los que somos medio difíciles de convencer) cuando en la ciudad las ofertas de salas se reducen a un cine-dentro-de-un-mall, y no ha teatros o salas independientes donde por no más de mil pesos podemos aceptar sentarnos harto menos cómodos, no tan a oscuras, pero frente a una propuesta algo menos rimbombante que la última de Spilberg.
El caso es que como el prejuicio nos emboba,
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