Nací al terminar la segunda guerra mundial. El mismo año que se descubrió petróleo en Magallanes, un par de años después de la creación de la CORFO y un año antes de la fundación de la Compañia de Aceros del Pacífico; el mismo año que Gabriela Mistral ganó el Nobel, la primera mujer americana que lo obtuvo.
Nací chileno, y ser chileno me constituiyó tan transparente, densa e incuestionadamente como ser de sexo masculino, hablar castellano, medir un metro setenta, algo así, y tener los ojos color café. No había entonces la globalización de hoy, ni la tecnología había avanzado
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