No estaban lejos.
Las encontré, sentadas, contando historias inverosímiles, y jugando al dominó.
Eran tres o cuatro Musas que perdían el tiempo, desilusionadas de la infidelidad de sus protegidos, que desperdician el talento regándolo por el camino por donde siguen a las Quimeras, que son coquetas naturales, pero nunca se dejan atrapar.
Cuando por fin las abrazas por la cintura, se vuelven humo, desaparecen y vuelven a materializarse allá donde no puedas alcanzarlas.
Las Musas saben de infidelidades. Y saben de esperar.
La mía estaba ahí, con las otras, construyendo castillos en el aire con un dominó de 15 puntos
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