La noche densa,
refugio de alma que tiene frío. O de espíritu templado a prueba de infiernos
glaciares.
Glaciares que
queman por dentro. Porque, a veces, el alma está desnuda ante tanta intemperie.
Vientos gélidos
que portan belleza. La serenidad de quienes aún pueden mantener la mirada
firme.
Mientras la
luna nos recuerda que la magia puede ser el rostro escondido. Detrás de la
máscara. Al fin de la espera. En la otra orilla.
El frío como
dimensión cierta del ser. La plenitud de la desnudez. La ausencia que no es
agobio. Sino poesía del sentimiento.
En páramos
anónimos. Belleza
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