Índigo observaba fijamente la cabeza despellejada que le miraba desde el aparador: sus fibras rosadas, la grasa blanca que se confunde con hueso. Los ojos sin párpados negros, opacos y sin vida.
Las pupilas se dilatan mucho con la muerte, pensó.
—Póngame medio kilo de lomo —le pide al carnicero.
—¿Quiere también un cuarto de callos? La tripa está muy bien lavada y es fresquísima. Acompañan muy bien con una carne tan magra.
—No gracias, no me gustan las vísceras.
Índigo seguía con la mirada fija y un poco perdida en los ojos fríos de la cabeza, un tanto ausente.
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