La tentación es la luz y los colores, el vértigo.
Mientras la luz la persuade a
asomarse a ser parte de la escena, los
colores la distinguen del resto.
Se agazapa en el rubor que le provoca su figura
y gira.
Sobre lo alto de donde está, gira.
Y es el viento esta vez, el silencio
cortado por el oxígeno, la
frescura, la piel erizada
y ese roce cristalino.
Es el viento, caminando
-los ojos bien abiertos-
la nocturnidad del aliento;
el vacío.
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