I
Siete de la mañana. Tapada hasta el cuello. El graznido de los
queltehues en las vegas cercanas. La lluvia insistente y ruidosa. Sobre ese
ruido, como un personaje que entra con sigilo en la escena, un ruido circular,
constante y ronco. Un ruido manual, impulsado por manos humanas; a pulso, con
sueño. De a poco se me metía por las orejas, despertándome suavemente. Era mi
papá moliendo café. Todas la mañanas de mi infancia. Todas.
Al rato la luz que se prende, el “clac” del tazón en el velador. Un par
de veces que no quise despertar entraba el
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