No importa que retrato. Uno cualquiera: serio,
sonriendo, arma en mano, con Fidel o sin Fidel, diciendo un discurso en las
Naciones Unidas, o muerto, con el torso desnudo y ojos entreabiertos, como si
del otro lado de la vida todavía quisiera acompañar el rastro del mundo que
tuvo que dejar, como si no se resignase a ignorar para siempre los caminos de
las infinitas criaturas que estaban por nacer. Sobre cada una de estas imágenes
se podría reflexionar profusamente, de un modo lírico o de un modo dramático,
con la objetividad prosaica del historiador o simplemente coma quien se
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