El alma es el receptáculo o el panal que construye los ideales, esperanzas y convicciones más hermosas, y es, por tanto, fuente segura de error, porque tales ideales no arrancan del alma inmortal que ve o prevé la realidad, sino del alma infantil, soñadora, inexperta e inmadura que, sin modificaciones de fondo, arrastramos desde la niñez.
La transformación de los ideales, convicciones y anhelos infantiles en otros más viriles o mujeriles que nos den la vida buena que aspiramos conlleva el hacer madurar el alma, limarle sus susceptibilidades y exigencias, adaptarla a las nuevas experiencias, a los nuevos objetivos que
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