Una luz cegadora la envolvió, ¡MIS HIJAS!, alcanzó a gritar, un profundo dolor vino de lo más hondo de su ser, una oleada de fuego y sangre terminó por sepultarla y luego:
Silencio, algunas llamas lamían los maderos que quedaban de su pequeña casa en las afueras de Gaza.
Suenan sirenas de ambulancias, algunos rostros morenos se abren paso entre las llamas y el polvo. Caminan lentos y, de repente, quedan petrificados ante la visión que contemplan, yacían sobre las ruinas los cadáveres de una mujer joven y alrededor de ella cuatro figuritas mutiladas. Un socorrista se adelantó y murmuró
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