Por Corina Rodriguez Pons
Francisco Pizarro debe haber terminado sus días con los ojos saltones. Al menos le habrá costado cerrarlos desde que miró perplejo la fachada de Koricancha, el principal templo en el corazón de la capital del Imperio Inca. Ese nombre, Koricancha, en el idioma quechua significa casa de oro, y venía como anillo al dedo, porque los bordes de todas las fachadas de piedra del imponente templo de adoración al sol y a la luna estaban cubiertas con ese metal. Nada más entrar, Pizarro tuvo que avistar también, en los jardines del lugar más sagrado del imperio
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