Miguel acostumbraba a usar un chaleco grueso. Se lo había tejido su abuela a título de nada y aunque no sentía mayor afecto por la veterana, el regalo le daba un aire de rockero hippie que le gustaba. Fue por ello que esa noche un tanto cálida de abril salió "tan" abrigado a la calle. No era tarde, pero aún así lo único que sonaba en la calle era el sonido de sus bototos aplastando la grava mientras avanzaba hacia "El Hoyo", el punto de eterna reunión de los borrachos y no tanto de aquel sector de Quillota, donde generaciones
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