Corría la mañana hacia el lento mediodía y el bosque soñaba primaveras. Pan se recostó en un añoso árbol y comenzó su melodía, tocada una y mil veces, pero una y mil veces maravillosa, cual maravillosa era su flauta.
Todo el paraje se llenó de luz, en la fresca brisa las doradas hojas bailaban místicas danzas de perdidos tiempos, acariciando el suelo con un ligero beso al caer en él. Las aguas del arroyo cantaban cristalinas y los follajes otoñales relucían de oro y cobre uniéndose a la plácida armonía del momento.
¡Cuánta belleza!... Parecía que hasta el tiempo se
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