Si los paisajes polares son pinturas, fueron concebidos por una mente que se alzó por encima de los problemas que afligen al espíritu humano.
Acampé una vez en el mar congelado a la entrada del Monte Erebus, uno de los volcanes activos de la Antártica. Me encontraba en la mitad de una jornada de siete meses por el continente, investigando para un libro.
Los cielos eran diáfanos, escarchando a las Montañas Transantárticas con tonos rosados y azules. En mi saco de dormir escuchaba a las focas llamándose entre sí bajo el hielo. Y entonces, de pronto, la Antártica se
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