Se sabe por su obra más íntima, y por el desasosiego que recorre su diario arquetipal, El oficio de vivir, que Pavese vivió para suicidarse mientras escribía. Buscaba el sentido, una señal recia de su identidad con el mundo, en medio de una vasta e inexpugnable soledad, a contracorriente y sobreviviendo a una gramática que acaso le alcanzó para entender que por encima de todo, o de nada, estaba el desarraigo que lo llevó a ingerir una sobredosis de somníferos en Turín. Del Piamonte a una muerte desesperada, pero no temida, irreligiosa. Una vez dijo: “Hay en mi poesía un
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