“El tentador se le acercó y le dijo:
‘Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes’” (Mt 4, 3)
El Señor quiso pasar por la prueba
más común que sufre cualquier hombre: la de la tentación. Así nos demostraba su
completa solidaridad con nosotros. Una de esas tentaciones fue la de la
inactividad, la de la pereza, la de recurrir a los milagros en vez de poner
todo de nuestra parte para que se resuelvan los problemas. Los milagros existen
y hay que pedirlos, pero no a costa de que sirvan para cultivar nuestra
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