No trataré aquí de los méritos literarios del “El retrato de Dorian Gray”, esa magistral novela
de Oscar Wilde.
Sí me interesa centrarme en su argumento, el cual me
permitió iluminar la naturaleza de la
angustia que acompaña afrontar que, a los cincuenta y pico, aquella “juventud divino tesoro” comienza ya a
formar parte del paisaje de lo lejano.
Por cierto, como en toda obra literaria de envergadura, “El
retrato de Dorian Gray” puede resultar tanto una alegoría sobre el narcisismo
humano, como una tesis existencial sobre la finitud y la decadencia que la
precede.
Repasemos someramente la parte central
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