Cuando en la Santa Misa se dicen estas palabras es difícil no conmoverse. Sientes lo que de verdad eres y sientes la gracia de Dios, que llega siempre en tu auxilio. No se trata de un regodeo morboso, ni de absurdos complejos. Se trata de lo fatal que uno corresponde a la infinita ternura del amor de Dios. Porque he pecado mucho. De un día para otro, en un santiamén de soberbia, de pereza o de mal genio. He pecado. Y mucho. Objetivamente. Pensabas que no iba a suceder tan pronto, pensabas que el último impulso piadoso o el bienaventurado
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