Mi nombre me había llegado a través de siete generaciones de hombres con el mismo nombre que habían dado al primer hijo el mismo nombre que el padre de modo que las madres tenían que ponerles motes a los hijos para no confundirlos con los padres cuando gritaban llamándoles al aire libre y ellos estaban trabajando codo a codo hundidos hasta la cintura en el trigo.Los hijos terminaron creyendo que su nombre era el mote que oían flotar a través de esos campos y atendían a esos motes y construían la idea de su identidad en torno a ese sonido
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