En el prólogo que antecede a los veinticuatro relatos que componen este Sauce ciego, mujer dormida, Haruki Murakami compara la escritura de cuentos al placer de cultivar un jardín. Si asumimos tal imagen botánica, este frondoso arriate de casi cuatrocientas páginas se estructura a la búsqueda de un tono narrativo general, con sus luces y sus sombras, con sus rincones más tupidos y otros espacios para el relajo de la imaginación.
La lectura de un par de cuentos nos deja ciertamente pensativos acerca de su validez genérica, hasta que seguimos leyendo y notamos cómo el libro impone a la imaginación
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