Cuando uno forma parte de una fuerza de élite que actúa con el mejor equipo disponible, el descubrimiento súbito de que un adversario desdeñado hasta el momento posee en realidad un sistema de armas técnicamente superior es, naturalmente, un duro golpe para el orgullo y moral propios. Ésta era la situación en la que se encontraba la Panzerwaffe alemana en 1941, a raíz de la aparición del T-34 soviético, un carro que el mariscal de campo Ewald von Kleist calificó como el mejor del mundo, y del que el General de División F.W. von Mcllenthin escribió más tarde: «no teníamos
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