Si estuviéramos en una isla desierta con nuestros niños, y
contempláramos al bebé humano, con la misma celeridad con la que
observamos a los animales, constataríamos que el control de esfínteres
real se produce mucho más tardíamente de lo que nuestra sociedad
occidental tiene ganas de esperar. Lamentablemente, en lugar de examinar
cuidadosamente cómo suceden las cosas, elaboramos teorías que luego
pretendemos imponer esperando que funcionen.
Hemos
impuesto a los niños el control de esfínteres alrededor de los dos años
de edad, con lo que este tema se ha convertido en todo un problema. Si
observáramos sin prejuicios el proceso
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