PARADISO (1992) Entré volando al Paradiso. Así, tal y como en los travellings de las películas. En un momento estaba en la calle, mirando las letras de la marquesina, mirando las caras del público: una mujer con anteojos de frágil borde metálico, cara de estudiosa y el infaltable tatuaje
neubauten en un brazo -yo también llevo uno, pero sobre mi homóplato derecho- y todo transcurría como en cámara lenta, y de repente estaba literalmente aplastado contra el escenario, y
Mr. Cave –de traje negro- rugía ya los versos de
The Mercy Seat. El Paradiso ha sido en otro tiempo -claro
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