El tiempo lo podemos medir, pero no sabemos
detenerlo y ni siquiera logramos definirlo de manera satisfactoria, su
naturaleza es escurridiza. Pensaba en esto mientras el año 2010
terminaba para siempre, rumbo al mecánico que había restaurado el
automóvil negro como la noche. Quizás porque este automóvil en realidad
es una máquina del tiempo.
Apareció de repente en un aviso clasificado,
cargado de una relatividad inquietante: todo había cambiado, las
personas, el espacio también, pero la máquina parecía la misma,
indiferente a las ondas o a los rayos o a las espirales de los años, de
las horas y sus
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