(Verónica Tapia, en trayectorias laborales)
La decisión de estudiar Antropología no fue fácil, a un año de haber salido del colegio y de haber sacado un buen puntaje en la entonces Prueba de Aptitud Académica (hoy PSU), no tenía claro que carrera podía calzar con mis intereses que incluían -entre otras cosas- una vocación que los orientadores denominaban siempre como “humanista”, la curiosidad por conocer y entender otras realidades y otras personas; una carrera que tuviera como elemento importante el trabajo en terreno, práctico y en contacto directo con diferentes personas y sus realidades -y lo más importante- una profesión
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