Erdosain entraba al
otro dormitorio, zumbándole los oídos y con una niebla girante en las pupilas.
Luego se recostaba en el lecho barnizado de color de hígado, encima de las
mantas sucias por los botines, que protegían la colcha. Súbitamente sentía
deseos de llorar, de preguntarle a esa horrible morcona qué cosa era el amor,
el angélico amor que los coros celestiales cantaban al pie del trono de Dios
vivo, pero la angustia le taponaba la laringe mientras que de repugnancia el
estómago se le cerraba como un puño (...) Y entonces, asqueado de sí mismo,
saltaba del lecho, le ... Leer más