Bajo la corroída carcasa del porche, Ofelia, arrugada y suspirante, se deja llevar por el vaivén de la mecedora al tiempo que mira la calle barrida por el viento sofocante que viene del desierto.
A su lado, Joel, su esposo por ya cerca de sesenta años, escuálido y malhumorado, sentado en una silla, apoya en una palo torcido -que él llama bastón- sus manos y su barbilla. Abre cada cierto tiempo sus párpados exangues tratando de percibir inútilmente algo más que brumas.
De pronto, la anciana se queda quieta, yergue su busto y alza la cabeza. Por un extremo ve
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