El Antiguo Testamento es terrible, casi todos lo han visto o leído, con Dios dirigiendo a un pueblo hacia todas las tropelías posibles para conquistar la Tierra Prometida, que obviamente tenía sus dueños, sus dueños legítimos, en esa época, que fueron exterminados con la singular saña que los escritos relatan.
El Nuevo Testamento, en cambio, nos muestra que Dios dirige su violencia hacia el interior de la persona, como si fuéramos nuestro peor enemigo: nos seduce con la idea que el cielo es el sufrimiento y que el amor es la humillación, el cielo, según Dios, es que nos pasen
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