Los días se
suceden, la tristeza permanece inmutable.
No sé si esta calma demoledora sirve de algo, si acaso lo bueno de estar
vivos sea sólo estar en paz.
Te llamo con la
intención de hacerte preguntas grandes, importantes… y sin embargo al oír tu
voz igual, me corto, no sé qué decirte, me arrepiento y por unos segundos
nuestros alientos se congelan, esperamos llenos de ansias en la invisibilidad
de la comunicación a que pase algo, pero nada pasa. Nada.
Y así nos quedamos después, con la respiración acompasada, la mente en
una tregua, la sangre corriendo como siempre, las palabras embaladas, el alma
sosegada. Se podría decir que hemos
cambiado la guerra y las trincheras por la sobriedad y el silencio.
Cuando nos
preguntan y nos preguntamos, “¿estás más tranquil@?” y nuestra respuesta corta
o larga es “sí”,
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