He estado los últimos seis días en los Estados Unidos,
primero en la blanca, excesivamente fría y conservadora Nueva Inglaterra,
específicamente en Boston, y luego en la no tan caliente esta vez,
chacharachera y un poco desordenada Miami.
Me tocó ver junto con un grupo de visitantes y residentes de Miami la
ceremonia de inauguración de Barack Obama como el 44vo. Presidente de los
Estados Unidos, y vivir por todos estos días la euforia que dicho evento ha
desatado.
Tengo que confesar que he compartido en gran medida el
entusiasmo, que es auténtico y, por lo tanto, muy contagioso. Pero cierta sensación de deja vù me mantuvo todo el tiempo con cierta intranquilidad que
ahora, al fin, a bordo del avión que me lleva de vuelta a casa, empiezo a
entender. Y es que todo este entusiasmo
se me parece
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