La primera vez que ví un Chow Chow fue en mi época escolar, pasaba sagradamente por fuera de la casa donde vivía uno. “Psss, leoncito” lo llamaba insistentemente, pero el perro sentado en el balcón del segundo piso, cual rey de la selva, me ignoraba por completo. Firme en el propósito de ganarme el cariño del animal, averigüé con el dueño el nombre de su lindo perrito y seguí con mi plan, pensé el que persevera alcanza ¿o no? Continuamos con nuestra rutina, él con su total abulia, yo perseverante hasta el fin, sin éxito claro. Como mucho lograba ver su delgada lengua azul negruzca cuando bostezaba indiferente. Una tarde cuando faltaban pocos metros para pasar frente a la casa, divisé el balcón vacío, entonces pasé cabizbaja, de repente una masa de pelos corría hacia mí haciendo un ruido como
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