ÉL recordaba una sensación
de sorpresa, y después una caída, pero eso era todo. Después, se limitó a esperar.
Esperó mucho tiempo, pero
no le costaba nada, porque la memoria no existía y nada había chillado todavía. Por lo tanto, ÉL
no sabía que estaba esperando. En aquel momento, no sabía nada. EL simplemente existía, sin
posibilidad de medir el tiempo, sin posibilidad ni siquiera de engendrar la
idea del tiempo.
De modo que esperó, y
observó. Al principio, no había gran cosa que ver: fuego, piedras, agua y, por fin, pequeñas cosas que
se arrastraban, que empezaron a cambiar y aumentaron de tamaño al cabo de un tiempo. No hacían
gran cosa, salvo comerse mutuamente y reproducirse. Pero no había nada con lo que compararlos, de modo
que durante un tiempo eso fue suficiente.
El tiempo transcurrió. ÉL
vio
(Leer más)