El final de ese viaje había sido agotador, los pies, sentían
débiles el impacto que el desequilibrado suelo provocaba con cada zancada, iban
agarrados de la mano, sin embargo Él la sentía más lejos que muchas otras
veces, casi ajena. Nadie decía nada, sólo caminaban de la mano a través de los
infinitos desniveles que esa fría noche de octubre no les permitía ver. Él
buscaba persistente su mirada sin éxito, deseaba que Ella lo quisiera un
poquito más paso a paso, sutilmente, mas no sintió otra cosa que sus pasos
sobre su espalda como si Él fuera la inestable vereda sobre la que caminaban.
Era irónico, creía Él, su estómago se retorcía de dolor con su caminar, tenía
frío en todo el cuerpo, salvo su mano izquierda, y no pensaba en nada más que
hacer poesía. Repentinamente, los años
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